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El coloso dormido de los Andes, la Caldera del Chalupas

El megavolcán que podría transformar a Ecuador

En las entrañas de la Cordillera Real de los Andes reposa una estructura geológica colosal que pocos ciudadanos logran identificar a simple vista. No posee el perfil cónico ni la prominencia del Cotopaxi; se trata de una depresión elíptica que alcanza entre 16 y 20 kilómetros de diámetro. Es la caldera del Chalupas, la única formación en territorio ecuatoriano catalogada por la comunidad científica bajo la categoría de supervolcán.

La caldera se sitúa formalmente en la provincia de Napo, dentro del territorio de los cantones Tena y Archidona, justo en el límite con la provincia de Cotopaxi y a corta distancia de la provincia de Pichincha. En el centro de esta gran depresión emerge el volcán Quilindaña, una elevación de 4878 metros sobre el nivel del mar que se formó tras el colapso del edificio original.

La anatomía de una caldera colosal

Los geólogos le otorgan la denominación de supervolcán debido al volumen masivo de material expulsado durante sus eventos eruptivos y al tamaño de su cámara magmática. Hace aproximadamente 216 000 años, el Chalupas protagonizó un evento cataclísmico de tipo ultrapliniano en el cual liberó más de 100 kilómetros cúbicos de magma riolítico y flujos piroclásticos. Aquella descarga provocó el vaciado de su estructura interna y el posterior hundimiento de la corteza, dando origen a la enorme caldera que existe en la actualidad.

El alcance devastador de una masa incandescente

La posición geográfica del Chalupas involucra de manera directa a la cuenca interandina y a la región Amazónica. Un evento de máxima magnitud generaría flujos piroclásticos a altas temperaturas que descenderían por las vertientes orientales e interandinas.

En la zona oriental, la destrucción afectaría a las poblaciones amazónicas de Tena y Archidona en Napo, arrasando ecosistemas y bloqueando los ríos que alimentan la cuenca del Amazonas. Hacia el occidente y el norte, los valles de la provincia de Cotopaxi recibirían capas métricas de ceniza, piedra pómez y lahares que destruirían la infraestructura vial, agrícola y urbana de ciudades como Latacunga, Pujilí y Salcedo.

La capital ecuatoriana, Quito, situada en Pichincha a escasos 80 kilómetros del centro eruptivo, quedaría inmiscuida de forma crítica. La acumulación de toneladas de ceniza sobre la masa urbana colapsaría los techos, inhabilitaría los servicios de agua potable y energía eléctrica, paralizaría el tráfico aéreo y provocaría una crisis sanitaria sin precedentes en los cantones del sur del distrito metropolitano y en los valles de Los Chillos y Tumbaco.

Sombra en el mapa y debate científico

A pesar de las dimensiones del coloso, la conversación pública en Ecuador suele centrarse en volcanes de actividad frecuente como el Cotopaxi, el Tungurahua o el Sangay. La razón principal de este relativo anonimato radica en el extenso intervalo de recurrencia que caracterizan a las calderas de este tipo. Los eventos cataclísmicos de un supervolcán ocurren en ciclos de cientos de miles de años, por lo que la percepción social del riesgo suele enfocarse en las amenazas de corto plazo.

Actualmente, el Instituto Geofísico de la Escuela Politécnica Nacional (IG-EPN) monitorea la zona para vigilar la deformación del terreno y la actividad hidrotermal. La comunidad científica coincide en que la probabilidad de una erupción masiva en el futuro cercano se mantiene muy baja, aunque la presencia del Chalupas recuerda la fuerza geológica que moldea de forma permanente el suelo ecuatoriano.